Con los más pobres, conviviendo con la Tierra.
mayo 08 - 2013

Iniciativas

En algunas comunidades indígenas del Chaco paraguayo, la Fundación Yvy Pora articula programas de desarrollo socioeconómicos basados en el tradicional respeto de los nativos por su hábitat. El ejemplo de la comunidad Nivaclé de Mistolar, entre otras, permitió elaborar una guía para la ingeniería de proyectos de este tipo

por César Romero Cuevas

La fundación Yvy Pora (“Tierra buena” en guaraní) trabaja para la implementación de Planes de Manejo de Servicios Ambientales con comunidades  indígenas desde el año 2005. Al año siguiente, se promulgó la ley de Servicios Ambientales, que prevé que aquellas personas físicas o jurídicas que incurrieron en faltas ambientales – sobre todo, deforestación más allá de lo permitido – deben pagar a manera de indemnización  a los que demuestran que sí conservan su ecosistemas manteniendo los  servicios ecosistemicos que brinda la naturaleza en sus propiedades, como compensación y por el tiempo necesario para que se recuperen las zonas afectadas o cese el daño ambiental.

Nuestro proyecto recibió financiación de la Secretaría del Ambiente y del BID (Banco Interamericano de Desarrollo). Con el desarrollo del mismo, se vio claramente que las comunidades indígenas del Chaco, y en general, poseen un sistema de uso de los recursos amigable en su relación con la naturaleza, que permite la conservación de ecosistemas.

En particular, la comunidad con la que trabajamos, con su estilo de vida basado en el conocimiento tradicional, da su contribución para que su entorno natural se conserve, coopera con la naturaleza, para que esta brinde en los hechos Servicios Ambientales. Me explico: Mistolar (éste es el nombre del lugar), está ubicada en la cuenca del río Pilcomayo, un río de curso errático, en una región propensa a inundaciones, cuyo origen está en Bolivia. Conservando los indígenas el bosque nativo, permiten que el río conserve sus cauces, impidiendo la erosión , ya que las raíces de los árboles afirman el terreno, y contribuyen con la preservación de todo el ecosistema que vive allí. Si bien este río técnicamente es un abanico aluvial de curso anual casi impredecible.

Demostrar la relación descrita, nos llevó seis años de estudios, una gama de relevamientos y elaboraciones de datos que van de lo antropológico pasando por lo socio-económico y lo ambiental.  Esto permitió también poner un valor económico al área boscosa que ellos conservan, comparándola con la misma área explotada diversamente.

Estamos hablando de más de 28.000 hectáreas de la comunidad de Mistolar, que se podrían utilizar para la ganadería, la cual generaría determinados ingresos, si bien determinados y serio impactos negativos al ecosistema. Si se la utilizara para la ganadería, esa tierra tendría un determinado ingreso. Así es que el proyecto apunta, a que la comunidad indígena reciba el mismo valor de un ingreso hipotético  por la mejor explotación (ganadería) que se pueda encarar en sus tierras. Los ingresos provendrían  del pago de los infractores  ambientales que adquieran los certificados oficiales que refrendan que la comunidad de Mistolar conserva los ecosistemas en su propiedad, intimados por la autoridad ambiental en resarcir los impactos de sus actividades. 

Otra alternativa, es  que los certificados sean ofrecidos en el mercado voluntario en el que operan empresas que desarrollan lo que hoy se conoce como Responsabilidad Social Empresarial – RSE .  Además se propuso al Estado la idea de incorporar este tipo de mecanismo – adquisición de Certificados de Servicios Ambientales de comunidades indígenas , entre las medidas de mitigación de impacto para las grandes obras de infraestructura.

El Plan de Manejo de los Servicios Ambientales desarrollado por la comunidad de Mistolar con la ayuda de la Fundación Yvy Pora, perfila además un plan de desarrollo comunitario, coherente con el cuidado y la preservación de la naturaleza que está en su cultura y que ellos han mantenido hasta hoy. Este plan de desarrollo sigue determinados parámetros y criterios aprobados  por las autoridades ambientales del Paraguay,  además prevén la ejecución de proyectos de sustento socio-económico y ambiental. Esto nos permitió paralelamente redactar una guía, que llamamos Vademecum de acceso a Servicios Ambientales, donde se rescata la experiencia y se  norma el diseño y la gestión de este tipo de proyectos, como parte de un trabajo amplio que hará factible la replicabilidad de la experiencia.

La comunidad de Mistolar vive en esa área ancestralmente.

Se trata de 258 personas de la etnia Nivaclé (términos que significa “hombre de río”), que habitan una pequeña aldea.

En términos antropológicos, es una comunidad que se mueve con patrones culturales del Paleolítico: son cazadores y recolectores, viven de la pesca y ahora a más de la caza, crían cabras.

Empezaron con este proyecto de desarrollo y ahora practican la apicultura y están vendiendo sus productos. Las mujeres producen artesanías con tejido de caraguatá (una planta de la región), como bolsos, etc. Muchos de los varones trabajan en las estancias aledañas, otros emigran a zonas de influencias de los menonitas, prestando servicios en estancias o en las fábricas de lácteos, entre otros.

Pero el tema presenta muchas aristas, desde la titulación de la propiedad que le fue otorgada, que está en juicio con un supuesto dueño.

Una diversidad de problemas del que “la sociedad” toma conocimiento y de alguna manera adquiere otras variables desde el inicio de la colonización del Chaco,  la guerra del Chaco (Paraguay – Bolivia) primero con sacerdotes católicos, luego con el desarrollo de la colonización  menonita, que hoy emplean mano de obra indígena.

El programa de servicios ambientales es una apuesta de Yvy Pora, única en su género en el país, reconocida por las autoridades nacionales indigenistas y ambientalistas.

Nosotros encontramos que los Servicios Ambientales pueden ser una oportunidad en general para las comunidades indígenas del Chaco, para preservar el ambiente, combinando la economía de subsistencia con el mercado, en un diálogo, una interacción mucho menos violenta con la naturaleza que la que se viene dando con otras comunidades.

Sin embargo hay una corriente muy crítica hacia los Servicios Ambientales en Paraguay, que apunta el dedo a la mercantilización de la naturaleza. Una discusión un tanto teórica, a nuestro criterio,  porque cuando estos se relacionan al desarrollo indígenas, los críticos se quedan sin saber qué proponer. O sea, existe una crítica pero no se ofrecen alternativas a poblaciones tan empobrecidas como son los indígenas.

Porque hay que vivir a 300 km del asfalto, sin luz, sin energía, sin agua potable, sin servicios de salud cerca y sin trabajo, para decir, opto por este o este modelo de desarrollo.

Este modelo, después de siete u ocho años, se está desarrollando en al menos en 10 comunidades más.

El Estado, que se limita a dar un marco regulatorio y legal y cierto control y asistencia al mundo indígena, en el que no se promueven políticas orgánicas orientada hacia los mismos, tiene una gran deuda con ellos. No hay un rumbo. Hay que tener presente que estamos hablando de 20 etnias diferentes, todas, de cierta manera, poco relacionadas  entre sí, con un fuerte sentir de naciones indígenas, mas antagonistas que con un sentido de la clase a la que pertenecen. La más pobre entre los pobres.

Hay que destacar que los que trabajan con mayor seriedad y constancia con los indígena son los misioneros, la Iglesia, esto independiente del abordaje con el que uno pueda o no compartir. Luego estamos algunas ONG, pero éstas recién se activaron en los últimos 20 años, con la llegada de la democracia apoyándolos no de manera integral, sino de manera parcial en proyectos de educación, en salud, desarrollo cívico, temas ambientales entre otros.

Importante, sin embargo, es la relevancia que vienen adquiriendo, contados, pero importante número de  indígenas con formación universitaria y política, además de  profesores, o líderes a nivel nacional e internacional, cada vez más conocidos y respetados por la comunidad intelectual y política.

*El autor es Magister en Gestión de Proyectos miembro de la Fundación Yvy Pora y del MPU- Py.

Fuente: Ciudad Nueva Paraguay – Uruguay (versión impresa/ mayo 2013)

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